Fotografías de junio

Junio fue un mes mitad otoñal y mitad invernal, según calendario. Según termómetro, en cambio, osciló entre frío de cagarse y frío de la hostia. Con unos cuantos días de niebla además del frío y, por qué no, alguna nevadita que otra. Entonces, se imaginarán cómo vienen las fotos, no?

Este primer grupo salió de un encargo, un trabajo que tuve que hacer en un terreno que no conocía. Al entrar, encontré una zona con un galpón y algunas casas abandonadas. Al encontrar estos vestigios de un pasado cercano, nunca puedo evitar pensar que antes de estos abandonos existió una idea, un sueño, un empuje para hacerlo. No sé qué pasó realmente, pero el ocaso de una idea siempre me toca hondo. Pienso en la gente que hizo eso, en las ilusiones al pensar el proyecto, en los sueños al comprar la tierra, construir las casas, plantar los árboles… Puede que no haya hecho todo la misma persona, ya que hay árboles grandes y viejos que posiblemente pertenecieron a diferentes dueños pero, fuera como fuese, la cosa no anduvo, cayó en el abandono y así estaba cuando yo llegué (en junio a fotografiarlo y hace once años cuando vine a vivir a este barrio). Me pareció lindo guardarme un recuerdo del lugar ya que está todo en venta, así que no sé cuánto tiempo más durarán estas construcciones, esta onda y esta libertad para entrar a fotearlo.

El mismo día, saliendo del terreno anterior y fotografiando un canal de riego que me había quedado colgado, encontré un agujero en el pasto al que no le había pegado el sol en todo el día y estaba súper helado. Yo ya estaba sucio, con frío, húmedo. Tenía el macro en la mano, el trípode abierto. ¿Por qué no probar?

Poco tiempo más tarde llegó el invierno con todo, frío y una nevisca no muy densa pero sí decidida, muy decidida. Dejó las montañas blancas y tiró las pocas hojas que quedaban en los álamos. Aproveché para meterme con ganas en el blanco y negro. Hace rato me tira y sé que no me sale como me gustaría, así que volví a intentarlo. Los bosques, mientras, bellísimos. Aunque esa nieve se fue lavando luego de unos días.

El invierno en Patagonia se pone frío. Pero no solo de temperatura, sino económicamente. No suele haber mucho laburo (más bien, no suele haber mucho pago, laburo siempre hay), no abunda el buen humor y la cosa se va poniendo triste. Y este fue así y como la malaria apretaba, preferí dejar de pensar y salir a buscar las especies que más se lucen ahora: los helechos. Están refulgentes, con el ambiente bien húmedo, repletos de agua llenos de esporas hasta los codos (si los helechos tuvieran codos). Igual, mi plan de salir por días a fotografiar helechos quedó en “salí un día un par de horas” un solo día, pero necesitaba este culandrillo (Adiantum chilense), así que bienvenido. Obvio, terminé con barro hasta el ombligo.

Pero mientras salía zapateando barro, me encontré con este atardecer en el lago, un típico atardecer de invierno con unos ridículos sauces que intentan colonizar el lago, parece. El sol se fue y sentí que se merecían un par de fotos, al menos por el tesón.

Y terminando el mes, volviendo a casa una tarde me crucé con un paisaje de cuentos.  A pesar de que estuviera nevando, que yo estuviera un poco desabrigado, a pesar de ser medio tarde y no tener el trípode, tampoco un parasol para proteger el lente frontal o un filtro, me pareció que el paisaje merecía unos disparos. No sé, pudo haber sido la luz de la tarde, la niebla, los colores apagados, la nevada del momento. O quizás los árboles pelados de invierno, la humedad o que sabía que en casa no había energía eléctrica así que no tenía motivo para llegar rápido ya que no podría hacer mucho. Entonces, me quedé un buen rato buscando el punto de vista indicado. Como siempre, el doscientos se quedaba corto, la poca luz lo hacía difícil pero con paciencia, tozudez y frío, fui encontrándole la vuelta.

Sin embargo, lo más llamativo de estas últimas tres fotos es que fueron tomadas cerca de casa, desde la ruta. Una ruta que recorro en bicicleta al menos dos veces a la semana desde hace cinco años. Una ruta que transito en auto desde hace once, una o dos veces al día. Una ruta que he caminado infinidad de veces cuando vuelvo de El Bolsón. Es decir, ¿qué es lo que logra que uno de pronto vea algo que estuvo ahí desde siempre? ¿La niebla? ¿Que cayó justo detrás del árbol sin hojas y lo separó? ¿La oscuridad que dejó ver el techo claro del rancho debajo el árbol? Me gustan, me encanta su mística, su ambiente y siento que fue lo mejor del mes, es más, de casualidad son del mes ya que las saqué el último día y creí que pasarían a la entrada de julio, pero no, el mismísimo treinta entraron y aquí quedan. Y me parece que está bien, porque junio suele ser así, una mezcla de nieblas, fríos y nieves que nos dan paisajes de cuentos. Y las fotos de este mes, cumplen con todos estos items con creces.

 

por Leo F. Ridano en Patagonia Argentina Photo https://ift.tt/2JCqSB1
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Las imágenes difusas.

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El invierno se vino con todo. No hay internet pero ya mucho no molesta, salvo al trabajo, pero no a mi. Tengo libros nuevos, tengo trabajo atrasado y tengo muchas ganas de quedarme adentro mirando por la ventana.

Cuesta salir con la bici porque está fatal. Entonces salgo a caminar, con la cámara y así como miro por el visor de la misma me meto en un cuento, mitad de hadas y mitad de brujas. Abunda la nieve, la helada y el frío crudo. Mucha niebla, nubes bajas, lluvias.

Es invierno. Con todo.

Y yo, mientras, foteo.

Corte de internet.

Buenos días gente, como va?

Quería contarles que el sábado pasado a la madrugada, unos seres derribaron la torre de telefonía donde estaba la antena de la cooperativa con la que nos conectábamos (via inalámbrica) a internet y, por las dudas, también incendiaron la casilla donde estaban los equipos. Así que luego de haber tenido por años, en casa, una conexión de Internet horrorosa, ahora pasé a cero absoluto. Y si a esto le sumo que los servicios de telefonía móvil no cubren la zona donde vivo con más que un patético 2g puedo llegar a la conclusión confirmada y avisarles sin dudar que en casa no hay ni habrá más internet por un buen tiempo. Es decir, Kaput. Cero. Nada. Lo que significa no WhatsApp, no Messenger ni Facebook. No instagram, no mails ni nada de todo eso. Lo que pueda publicar, actualizar, leer, escribir o lo que fuera, lo haré cuando venga a El Bolsón o vaya a Lago Puelo. Por ende, si es urgente o necesitan que lea o conteste en menos de un día, que sea vía mensaje de texto o llamado a mi celu (si quieren manden mensaje y yo los llamo).

Hoy a la mañana me levanté bastante cabreado por todo este asunto. Ayer escribí durante horas intentando descargarme pero quedé peor, totalmente cebado y con ganas de matar gente, me la agarré con todos y exploté como loco. Pero no resolví nada. Así que hoy quise encararlo diferente.

Y es simple. O contrato un servicio nuevo de internet o espero a ver qué pasa con éste. Pero como no tengo un mango para pagar la instalación de una nueva antena y un servicio más caro, por el momento será la segunda opción.

Así que paso a versión offline. Es decir, leeré cuando pueda, escribiré o publicaré cuando pinte.

Tengo fe que el blog será algo que no sufrirá mucho, ya que escribía muy de vez en cuando. Así que, quien dice, ni se note.

Abrazo

Paisajes de mí.

Entendí que los paisajes que fotografío son siempre los mismos, lo que cambia es el momento

Llueve. Todos los 8 de junio llueve. O nieva. Andá a saber. Y admito que me gusta la lluvia aunque a veces cansa. Pero eso, al menos por ahora, todavía no pasó.

Estuve buscando entre mis archivos una foto que me representara o, más bien, con la que me sintiera representado hoy y tanto la que abre la entrada como la que la cierra creo que lo hacen. Aunque no son tan diferentes tampoco.

Hoy finalmente pude entender que lo que me atrapa tanto de la fotografía de paisajes, es que es como una clara representación de mi mismo. No, no me refiero a la fotografía que finalmente obtengo y toda esa huevada poética artística de que lleva impregnado lo que quise decir y bla bla bla. No, lo que pude ver es que a pesar que los paisajes que fotografío son siempre los mismos las fotos finales son casi siempre diferentes. Mismo lugar, puede que misma toma, pero diferente momento. Ya sea la luz, la época del año, el horario del día, el clima… Cualquiera de estas variables logra que obtenga un resultado absolutamente distinto cada vez que visito tal o cual sitio. O puede que no sea tan diferente pero jamás será igual.

Es como con uno, que siempre es el mismo y a la vez, diferente. Y veo que siempre, como en mis paisajes, estoy buscando otra toma, otra forma de retratarme, de mostrarme ante el mundo. Lo cual no quiere decir que no me guste como soy. He obtenido hermosas fotografías de ciertos paisajes pero aunque esas fotos me encanten, no dejo de seguir visitando esos mismos lugares para ver si me muestran algo más, si encuentro otra expresión de lo mismo. En algunos casos pasa, y la nueva toma mejora la anterior, otras veces no. Pero sigo yendo, sin expectativas ni falsas esperanzas. Son regalos que me hace el universo. Y conmigo, siento que es igual. No soy más que diferentes tomas de mi mismo.

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Fotografías de mayo.

Esta entrada es un duplicado de la que subí a Patagonia-argentina.photo, los invito a verla allá, con las fotos más grandes y porque necesito que usen la web y me cuenten cómo la ven. Hay mucha fotografía y me encanta la interfaz. Saludos y en un rato subo la entrada de fotos de abril, si logro hacerla.

No creí que mayo pudiera ser tan productivo. A pesar de haber salido muy poco a fotografiar, quedé conforme con los resultados generales y, más aún, con estas perlitas.
Este mes tengo cuatro para mostrarles.

Los colores de los nothofagus en otoño tiñe el paisaje del Parque Nacional Nahuel Huapi de tonos cálidos. A orillas de la ruta 40 en la Pampa del Toro.

Una de principios de mes, volviendo de Bariloche, donde un otoño que se pasó y en el que no pude salir a fotografiar por no estar en la Patagonia, me dejó caliente. Tenía que ir a Bariloche y sabía que podía pescar algo a la vuelta. Jamás creí que sería con un 400 mm. El siete colores explotaba nuevamente, pero esta vez estaba un poco pasado ya. Estaba nublado y el juego de luces y sombras enturbiaba la toma. El teleobjetivo largo era el único que me permitía aislar el sujeto lejano. El contraste entre las rocas y los bosques me encanta.

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En el caso de las dos siguientes, venía de dar vueltas por el lago (Puelo), buscando hongos sin encontrarlos. Entonces, me fui a uno de mis dos paraísos setíferos de la Comarca: la Catarata de El Hoyo. Estaba hermoso y, luego de un ratito, al acostumbrar la mirada, comenzaron a aparecer honguitos por todos lados. Hoy les muestro dos, una Ramaria patagónica que siempre me encanta por como contrasta con el entorno.

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El segundo hongo no sé qué es, pero estaba ideal para probar una técnica que leí hace poco, que posiblemente trabaje mejor con hongos transparentes, pero esta dio un resultado que me gustó y por eso la subo. Podría decirse que es un buen comienzo, al menos para mi.

Esta fotografía la tomé un día que salí de casa a pasear, a fotear más bien, caminando, mientras esperaba a mi hija. No tardé mucho en ver esto, nada más cerrar la tranquera. Los álamos, que en algún momento del año son una excelente barrera contra el viento, lo que favorece cultivos o la habitabilidad de un lugar, en otro son un increible espectáculo al teñirse de amarillo. Y las hojas caen y queda poco y nada, y estos últimos vestigios de un otoño que pasó, ante un cielo que pinta frío, me pareció que describía bien este otoño que lentamente empieza a irse.

Los álamos retienen las últimas hojas amarillas del otoño que pasó. Detrás, un cielo cargado de nubes típico de está estación.

Y por último una toma desde la cumbre del cerro Currumahuida. Siento que, a diferencia de las anteriores, esta es una de esas fotografías difíciles, que cuesta masticarlas. Como con la música, done las canciones pegadizas vienen, te sacuden, las bailás, las cantás, te pudrís y pasan, en cambio, hay ciertas canciones que van por otros derroteros: un Sigur Ros o el Concierto de Aranjuez de Chet Baker son de esas obras que tenés que escuchar más de una vez para entenderlas. Bueno, con las fotos siento que pasa lo mismo. Algunas llegan, golpean y se van (lo cual en esta época de placer e inmediatez no es nada malo marketineramente), otras vienen y no le gustan a casi nadie, pero tienen aura. En este caso no creo que llegue a memorable ni mucho menos, pero siento que tiene algo que va más allá de lo común. Ya la entenderé. Cumbre, niebla, frio y el sol que comienza a asomar en la cumbre del Cerro Currumahuida.

Paisajes de las alturas del Cerro Currumahuida en lago Puelo, tras un amanecer repleto de neblina, un arco iris monocromo ilumina un árbol aislado al medio.

Veremos cómo viene junio, mes difícil para la foto ya que las temperaturas bajan demasiado y está el otoño terminando y no empezó el invierno, es decir, ni pito ni flauta, ni chicha ni limonada, ni colores ni nieve… pero siempre puede haber una niebla o una helada. Quién sabe. Lo lindo de vivir en Patagonia y en el medio del mundo natural es que, a pesar que cada año se repite, cada año es diferente. Todos los junios son tan similares como opuestos. Ver la diferencia está en uno. O ver la similitud. Ya les contaré.

Los colores del otoño

Un hombre de campo camina por la banquina guiando a sus bueyes: Los álamos amarillos colorean el fondo. Lago Puelo, Chubut.

 

Cada año, cuando llega el otoño, nos inunda con sus colores. El paisaje se llena lentamente de manchones amarillos de los álamos. Aquí toman un color bellísimo, no sé si producto del frío o de mis anteojos con tinte rojo, pero bellísimo al fin. Si no me equivoco son de los primeros en cambiar su color.

Llamativos colores de los nothofagus en otoño en la cordillera. Rojos, naranjas, amarillos y verdes claros dan alegría a un paisaje de montaña. Una lenga anaranjada domina el cuadro dejando el bosque patagónico al fondo. Parque Nacional Nahuel Huapi, Río Negro.

 

Luego, lenta, pero muy lentamente empiezan a virar los nothofagus (lengas y ñires en esta zona, también raulíes y roble pellín por la zona de San Martín de los Andes). Los cambios de color dependen del clima, la fecha, la humedad y muchas otras circunstancias más que nunca entenderé, parece, pero es lo que hace que cada año sea diferente, con más color o más apagados, más rápidos o más lento.

Vista desde el Cerro Piltriquitron en otoño sobre una línea de álamos y sauces amarillos. Al frente el Rio Azul. El Bolsón, Río Negro.

 

Los últimos en amarillearse, si es que se me permite esta palabra, son los sauces generalmente. Ya no son tan llamativos como los anteriores, no sé muy bien por qué, si por superposición o porque quedaron superados por los rojos y anaranjados de los nativos, andá a saber. Sin embargo, coinciden con el final de los otros, y entre estos finales también se ven cosas lindas, como los álamos conservando las últimas hojitas amarillas en las puntas de las ramas, delineando el árbol.

 

Y en todo este proceso, que puede durar alrededor de un mes, se pueden ver en los pueblos o alrededores, muchas especies más dejando caer sus hojas, arbustivas y arbóreas, generalmente exóticas las de más bellos colores y todas contribuyendo a que el otoño, en donde vivo, sea la época más bella.

Lluvia sobre la laguna Huemul en otoño. Los Nothofagus ya terminando de perder sus hojas y los Berberis amarillos le dan color al paisaje otoñal. Lago Puelo, Chubut.

 

por Leo F. Ridano en Patagonia Argentina Photo https://ift.tt/2HXDPcC
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