TheArtLife

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I

Hace un año, más o menos, intentaba encontrar una nueva marca para mi trabajo fotográfico, es decir, algo que pudiera funcionar mejor que “Reflejos del bosque”. En nuestro caso, los hispanohablantes, no habría problema, pero con los extranjeros es un auténtico chino, complicado de escribir e incomprensible, de ahí que estaba rompiéndome el coco buscando qué usar.

Y entre todas las ideas que iban surgiendo, me di cuenta que tenía que ordenar un poco todo el despelote que se me suele armar al tener dieciocho mails (cuando ya nadie usa el mail casi), cuatro blogs, dos páginas, un catálogo y todo eso, tons, hice lo que me gusta: abrí el Xmind en la compu (un programa para brainstorming que es absolutamente hermoso -de paso, si lo quieren en tablet, prueben SimpleMind, otra joyita) y empecé a dibujar qué era lo que estaba produciendo en ese momento: fotografía de paisajes, de especies para identificación y otras como trabajo, pero en lo personal también estaba la escritura, otro tipo de fotografía un poco más suelta… y ahí tuve que buscar una forma de juntar todo esto, y ahí surgió TAL, es decir, TheArtLife.

Comprendí entonces que una gran parte mía pertenecía a mi vida artística, que ésta ya no se remitía a mi estudio fotográfico ni tampoco al momento en que estoy afuera en la naturaleza foteando, al trabajar de forma independiente, uno no puede marcar un límite tan claro entre la vida personal y la vida artística, más cuando uno vive en el mismo lugar donde trabaja. Ahí vi que esta vida, la artística, sucede tanto en el momento de crear, ya sea con la escritura o con la fotografía, como en el de evaluar (estos mismos) pero no termina ahí, no solo porque muchas veces me quedo pensando en cosas del trabajo sino porque a la hora de cocinar, la única forma que encontré de disfrutar ese momento y que no se convirtiera en un dolor de huevos, fue convirtiéndolo en un momento agradable, eligiendo la música que me gustaría escuchar, comprándome un cuchillo con el que me sienta cómodo, teniendo la posibilidad de elegir algún sabor para disfrutar mientras preparo la cena que nos tocará manducar. Sé que el resultado, es decir, la comida que llevo a los platos todavía no alcanzó el estado de arte (lo pueden asegurar mis dos conejas de indias que la sufren a diario) y a pesar que todavía no pasan de ser unos pedorros bocetos, no pierdo la esperanza. Más importante aún es que a pesar que ya cocino hace más de un año (siempre sin sal, lácteos, harinas, azúcares ni carnes e intentando que sea lo más crudivegano posible), es que todavía no me rindo e intento crear o al menos recrear nuevos gustos, persevero en la idea de combinar los colores de los ingredientes, sigo trayendo cosas raras de la feria donde compro los ingredientes para ver a qué saben y también sigo investigando y probando nuevas recetas que no imagino qué resultado o gusto darán. Y cada noche, luego de pelearme en la cocina por hora u hora y media según lo que haya tocado ese día más los añadidos (léase hacer la ensalada, galletas, comida de los bichos, salsas u otras cosas que no sean para la cena en sí), estuve disfrutando de un buen jazz y posiblemente de un Cabernet, un malbec o lo que haya tocado esa ocasión. Y lo que era trabajo y obligación, se volvió parte del placer. Y justamente, se convirtió en un gusto hacerlo porque pasó a formar parte de lo mismo, de mi vida artística.

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II

Nunca encontré el nombre que buscaba.

Mi diseñador web y amigo me sugirió Patagonia-argentina.photo y por ahí fuimos. Me gusta para gringos, no tanto para argentos porque lo de “.photo” los mata. Y lo que en ese momento surgió como como proyecto a futuro quedó en el olvido. Ya había bocetado el logo incluso, pero no terminaba de entender qué significaba realmente el concepto de “mi vida artística”, que en español me suena tan pedorro que no puedo evitar llamarlo “The artistic life” o “The Art Life”. Y ahí quedó, puede que tenga la fecha por ahí, pero creo que no hace falta. Lo que en principio sería un gran sitio del que saldrían mi web de paisajes, otra de especies, dos blogs y una última galería, quedó en la nada. No le encontré sentido a juntar toda mi vida en un solo lugar más que en mi vida misma. Además, una de los website había muerto, los dos blogs estaban agónicos y la última galería nunca existió. Todo el año pasado fue para el nuevo website y ese ya tenía nombre.

Ok, cortamos ahí con el pasado.

Hoy, empecé uno de esos días en que no me cierra el blanco, el negro ni el gris. Uno de esos días en que envido a mi esposa cuyas matemáticas suelen estar más emparentadas con sus creencias que con los números y, haciendo dos cuentas, comprendí que ya tendría que ir haciendo la lista de conocidos a los que iré a visitar para pedirle laburo en los próximos días. Y tan rayado estaba que,cuando logré terminar las postales que estaba diseñando y desoyendo el pronóstico que casi personalmente me decía que iban a caer sapos del cielo con tanto viento me los metería por los ojos, me cambié, agarré la bicicleta y me fui a Bolsón a comprar verdura. Cualquier verdura, sí. Necesitaba las endorfinas. Peleando contra los elementos, sobre todo un vendaval que me mandaba para atrás, alcancé el puesto de verduras. Temía que no estuviesen por el día de mierda, pero no, estaban ahí, firmes. No tenían endorfinas, así que traje unas cebollas moradas, rúcula, espinaca, apio, perejil y pegué la vuelta.

El cielo se puso verdaderamente feo. Huracán escala 18. Plomizo el muy jodido. Nube tamaño “navemadreinvasiónextraterrestreya”. Y yo, lo miré, lo mandé a cagar, me ajusté las tiras de los pedales, prendí un podcast (en esta ocasión LensWork) y arranqué. Un ventarrón casi me hace entrar en la cola del cajero automático, pero lo zafé y enfilé para casa. Escuchar un podcast en estos momentos tiene un solo objetivo: lobotomía temporaria. Y venía bien, hasta que escucho que Brooks Jensen dice “The art life”… Lo qué? Mierda, volví para atrás un poco y empecé a escuchar con más detenimiento. Y sí, en una entrevista que le había hecho a Huntington Witherill salió el tema y éste decía que para él lo que contaba no eran las obras que hacía, es decir, el producto físico que iba a dejar sino que realmente, desde su perspectiva, era la vida que estaba viviendo lo que era su arte mientras todo lo demás, no era más que un testimonio de eso. Y joder.

Tons?

Estoy casi seguro que si mi vida artística depende de los testimonios culinarios que voy creando cada día estoy soberanamente jodido. Pero ahora, intentando hablar en serio, es más que interesante el tema ya que mucha gente se me acerca para que le enseñe fotografía por lo que se imagina que es la vida del fotógrafo en sí, lo cual no digo que sea bueno ni malo pero en este marco me parece que es exactamente lo que corresponde. Imagina una vida y da un paso hacia ahí. Pero luego, una vez adentro, no hacen otra cosa que copiar imágenes de otros, copiar estilos, intentar gustar, intentar ser famosos y atrás queda la vida de fotógrafo imaginada, convertida en algo intermedio pedorro que no logra explicarse.

Y si voy a mi. En qué me convertí? Hoy pienso que tuve demasiada suerte. Que a pesar de todas las peleas que dimos estos años sigo agarrado de la baranda y quizás a punto de caerme al precipicio. Sé que me cuesta mucho mantener la toalla en la mano y no revolearla a la mierda y buscar un trabajo normal que me permita llegar a mediados de mes al menos. Pero reconozco que sin darme cuenta, la voy barajando siempre de la misma manera, intentando encontrar placer en cada cosa, incluso en las que no me gustan, buscándole la vuelta para que las cosas que no elegiría no solo sean más potables, sino preferibles. Y hoy noto que mi forma de llegar a eso es a través del arte. Del mío y el de otros. Y cuando digo arte, me refiero a la vuelta de rosca que intento dar cada día o a la que dan otros pero siempre queriendo que esté repleta de armonía, gracia, amor y ganas de sumar con algo positivo en este inmenso universo en el que vivimos.

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Horripilidad

Mañanas de invierno en la ruta 40.

Les pido mis más sentidas disculpas y pésames a los que leen el blog acá, en WordPress o con el diseño de WordPress. Son un asco. Y no logro dar con alguno que me guste. Y ya no recuerdo el nombre del último que me gustaba. Y no suelo tener tan buen internet como para invertir horas en buscar un diseño que me guste.

Estoy trabajando en esto y por eso verán que estoy como quinceañera cambiándose vestidos para ver cuál me cuadra mejor.

Mientras, por favor, concéntrense en el contenido.

je, bah, tampoco es que eso vaya mejor, vio? :’)

Susurros patagónicos v2.0

Buen día gente, cómo están?

Bien, decididamente los tengo abandonados. Por qué? Por lo de siempre, no me animo a escribir de lo que realmente me gustaría escribir, de lo que siento, de lo que soy, de lo que me gustaría ser y a lo que aspiro a ser cuando sea grande 🙂

Si pienso lo que quiero decir pierdo lo que yo considero que es uno (si es que realmente existe) de mis características en la escritura y en la vida: la espontaneidad. Hace rato sé que cuando no soy libre de decir lo que pienso y actuar como pienso me transformo en un bicho raro que ni yo reconozco. Y eso suele pasarme mucho cuando tengo miedo de las repercusiones, de los pensamientos de la gente, de lo que digan de mi, como quien dice. Y venía bien con el blog hasta que noté que tenía posibilidades de crecer comercialmente. Ahí acoté mis pensamientos, limité mis emociones, corregí mis escritos e hice todo tan pero tan prolijo que, escribir una entrada pasó de ser un sentimiento a ser un dolor de huevos. Culpa de quién? Mía, desde ya.

Y luego con el miedo de ofender a alguien por ideas políticas diferentes o por reacciones que no serían las esperadas o, en otros casos, por miedo a tratar temas que no le interesen a nadie o subir fotos que no gusten o… terminó en esto. Nada. Y la nada es la mejor forma de no caerle mal a nadie ni ofender a nadie. Quizás no está tan mal.
Pero sigo foteando a diario. Sigo escribiendo a diario. Y comercialmente estoy a punto de fundirme. Tengo pocos amigos tirando a casi na. No puedo salir a la montaña a fotear porque no consigo pata. Así que tampoco es que me va taaaan bien. Por ende, hoy, decido que…

Bienvenidos a Susurros del Bosque v. 2.0

  • Un blog que se escribe pero no se relee porque sino le amputo el 80% de las partes.
  • Un blog que no es obligatorio leer así que si no te gusta no lo leas.
  • Un blog que tiene fotos. Porque me gusta fotografiar, me gusta transmitir en imágenes y me gusta la naturaleza de la Patagonia y las ridiculeces o cosas extrañas de sus pobladores y ciudades.
  • Un blog que, Dios quiera, puede tratar de viajes, de fotografía, de alimentación sana a pesar que de vez en cuando me mande todo lo menos sano que exista, un blog que diga que todos los políticos son unos soberanos hijos de puta (aunque tengo planes de erradicar la poca política de mi vida porque noté que me hace para la mierda). Un blog de escritura, de creatividad o más bien, un blog con la mejor leche posible que hable de nosotros como seres humanos, seres que buscan un mundo mejor, que buscan caminar en paz.

Y si ven que no hay ninguna otra entrada por una semana es que no lo logré y me reprimí nuevamente.

Saludos.

Leo

PD: las fotografías son del año pasado, de la zona de Río Villegas. Se viene el otoño, así que desenpolven esas cámaras a ver si salimos a buscarlo!

 

Vacaciones

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Este año me tocó irme de vacaciones a la playa, así, oficiales, vacaciones como en los viejos tiempos. En los que el día indicado, bajábamos temprano con mi viejo y mientras él preparaba el auto yo le iba acercando bolsos, valijas, las bicicletas plegadas al medio, la reposera, la sombrilla. El iba acomodando todo en el portaequipajes, luego lo cubría con la lona y, finalmente, aparecía el viejo y sucio pulpo de una bolsa que nunca supe donde estaría el resto del año (imagino que con la lona). Uno de un lado, otro del otro y lo íbamos tensando o, posiblemente, yo se lo tiraría por arriba del portaequipaje y él lo tensaba. A ver viejo, me ayudás? Cómo era? El tema es que aquí se me mezclan muchas vacaciones, algunas con pulpo, otras con sogas. Imagino que el pulpo murió en algún momento pero, como acabo de darme cuenta que de estos cuentos ya pasaron unos 35 años como poco, deberé describir lo que es un pulpo y, posiblemente, también lo que es un portaequipaje.

Años atrás, los autos no eran tan chicos, eran inmensos. Pero a pesar que tenían un baúl que el día de hoy sería casi del tamaño del auto entero moderno, las familias también eran grandes, las valijas eran grandes y todo era grande. Algo así como los habitantes de la Patagonia, los patagones o patacones. Bah, no es que yo fuera más grande, pero mi familia era de seis, el auto que teníamos contaba con un motor de 3.0, bah, sólo la reposera de mi madre no creo que entre en el baúl de mi auto actual. Sin embargo, había que poner portaequipajes en el techo, pero en aquel momento no estaban las barras que se ven hoy arriba de los autos, así que esto era una parrilla con patas de metal que se encajaban en unas pestañas que tenía el auto en el techo. Arriba se apoyaban las cosas y todo eso se cubría con una lona para que no se ensuciaran, se volaran o se mojaran si teníamos la mala suerte de que lloviera en el viaje.

De golpe me dio por pensar cómo sería el pronóstico en esa época, cómo se enteraría uno?? Imagino que por la tele o el diario y, 90% seguro que le pifiarían como locos. Así que, por las dudas, mandabas la lona y ya.
Pero una lona floja, no solo es super ruidosa, sino que termina aflojándose y saliéndose, así que para atarla existía el pulpo que no era más que un aro de metal del que salían elásticos con ganchos en la punta. Posiblemente fueran ocho elásticos ya que si fueran seis se llamaría, no sé, araña y no pulpo. Tons, aro al medio e ir estirando elásticos hacia los cuatro bordes del portaequipajes para ajustar bien todo. Revisar una, dos y tres veces que quedara bien.
Subida a mear, llamar al resto de la tropa y ahí si, subir al viejo Falcon y salir rumbo a la playa, Mar del Plata generalmente, lo que podía ser unas siete u ocho horas de viaje con suerte.

Bien, este año fue con ese estilo, aunque con diferente preparación. Una valija cada uno y llenamos el baúl. Suerte que somos tres nada más. Igual fui metiendo huevadas más chicas en los espacios hasta que no hubo más lugar y recién ahí empezó a llenar el habitáculo, pero no tanto como para que la princesa pueda disponer de todo su asiento trasero libremente, como siempre, y nos fuimos.
Y, luego de años, pasé un mes tirado en la playa, leyendo, sólo leyendo. De alimentación, de mindfulness. Intentando comprender un poco más por qué hacemos algunas cosas que hacemos.

Pensaba planear mi futuro laboral pero no pude, no tuve ganas ni de pensar en él. No prendí la compu, no chequeé mail casi. Admito que me saturó. Me saturó tanta red social vacía, tanto correr para subir fotos que nadie ve o que ven por un segundo y pasan. Me cansé de estar porque tengo que estar, no porque entienda qué estoy haciendo. Me encanta escribir, me encanta fotear, me encanta mostrar el mundo como yo lo veo, al menos en esos detalles de la naturaleza patagónica. Pero ya no lo estaba disfrutando y necesité irme un ratito. Sentarme en la esquina del aula a mirar. Tomar distancia.
Y descansé. Y cargué las valijas al auto nuevamente y volví. Volvimos más bien. Y sigo sin saber nada.

Afuera hacen treinta grados o más. Y cuando digo afuera, me refiero afuera de la sombra del Roble Pellín (léase: árbol) bajo el que estoy sentado, escribiendo esto, mientras tomo mi mate mañanero después de haber ido a caminar / correr por una hora. Y acá, sentado, oxigenado, escuchando música linda, con vista a las montañas de mi pueblo y escribiendo pienso que todo está bien. Que quiero agradecer las tantas bendiciones que tengo la suerte de recibir.

Y ya habrá alguna entrada depresiva más adelante, así que espero que hayan disfrutado de ésta.

Charla entre Arachnitis

No he salido a fotografiar mucho este año. Al menos después del intenso viaje de otoño. Sin embargo, al empezar la primavera, nuestra primavera, la que llega casi con el verano, empiezan a surgir flores y fotos diferentes, bellas, cotidianas, fuera de foco, como pinturas, quizás. Y esta vez fueron un par de flores de araña (Arachnitis uniflora) pero si buscás bien aparecen otras más.

Intenté por largo rato encontrar palabras para estas fiestas pero no hay caso, no salen. O salen demasiadas. Hay una sola cosa que me encantaría que se nos grabe en el cerebrín: todo se puede cambiar, absolutamente todo. Incluso lo genético en nosotros, parece. Así que quién seas y qué estés viviendo es por absoluta decisión tuya. Lo que hoy parece imposible, lejano, utópico, idealista o como quieras llamarlo, no lo es tanto si das un primer paso. Y mañana otro y luego otro. Sin dar pasos, hasta lo que tengo a dos metros es inalcanzable.

De corazón les deseo una muy Feliz navidad y un hermoso año nuevo.

Patagonia fungi, cena / degustación de hongos silvestres

Jueves a la noche. Entro en El Bataraz, uno de esos bellos y modernos restaurantes que alguna vez me gustaría encontrar en alguno de los pueblos de la Comarca Andina. Y, como siempre que se abre una puerta, diferentes personas me miran, por suerte reconozco algunos de ellos y hacia allá me dirijo.

La entrada de este viejo edificio galés hoy convertido en restaurante es por un ambiente todo vidriado, con techo de tablas de maderas separadas para atenuar un poco el sol durante el día y darle un toque de diseño inyteresante. A mi derecha, cuando entro, encuentro la vieja pared de ladrillos con sus puertas antiguas y un inmenso reloj que antes daba al exterior y hoy a este recinto. A mi izquierda, dos personas en una mesa preparan tragos de bienvenida. Tomo el mío, un líquido parte rojo, parte amarillo, vaya uno a saber de qué. Nunca fui bueno para identificar estos tragos: suelo aceptarlos, disfrutarlos y listo.
Ojeo el lugar. Gente parada con sus tragos charlando. Y en las paredes y ventanas, varios cuadros con fotografías de hongos comestibles patagónicos decoran el lugar. Quedan bien. Y me gustan. Sino no las hubiera impreso o colgado hace unas horas. Pues sí, estoy aquí como invitado del proyecto Patagonia Fungi para exponer mi arte e intervenir en su cena degustación de hongos de primavera.
Saludo a los pocos conocidos y, luego de un ratito nos invitan a pasar a las mesas. Me toca sentarme en otro ambiente cuyas viejas paredes de adobe fueron protegidas por paredes de vidrio delante de ellas.

Me impresiona el resultado, ya que entre el vidrio y el adobe, numerosas lámparas iluminan y nos muestran la textura del barro seco dejando apreciar la manufactura del edificio y otorgándole un toque moderno a la vez que resalta su antigüedad. Me toca la mesa del centro, con, Caro, una de las doctoras en micolología que llevan adelante este proyecto, dos personas que tienen a cargo diferentes áreas del municipio de Trevelin y otra persona del INTA. Desde ya que entre ellos se conocen. Yo, ni idea. Pero no suelo ser muy tímido y no tardamos en ensalzarnos (nunca mejor usada esta palabra que en una cena gourmet) en conversaciones con temas de todo tipo cuando, acompañado de una copa de buen malbec, llega el primer plato, un Sorbette de Morillas, cuyo gusto, delicado y sabroso confirma que se avecina una de esas noche que se recordarán por mucho tiempo.

Patagonia Fungi es un proyecto llevado adelante por las doctoras Carolina Barroetaveña y Belén Pildain, que son quienes organizaron este evento por parte del CIEFAP junto a Hernán Baigorria, dueño del restaurante El Bataraz, lugar donde se lleva a cabo. Ellas nos cuentan, mientras probamos el primer plato, como será esta noche de degustación, cuya totalidad de platos cuenta con variados hongos silvestres patagónicos y también acerca del proyecto que ya lleva un tiempo en proceso y donde se estudian tanto de las facultades organolépticas de los fungi, como las propiedades de las especies como alimento entre otras cosas. Pero lo interesante, para mí, es que esta es una de esas veces en que no todo queda en estudios abstractos e incomprensible para nosotros, el resto de los seres humanos no científicos, sino que toda esta investigación desemboca en las manos de Toti Ricci, la chef que será la encargada de la magia de esta noche y que Inmediatamente nos manda el segundo plato, una Terrine de trucha ahumada sobre mil hojas de papa y mix de hongos morillas, fistulina y pino. Impresionante. La mezcla de sabores, donde intento encontrar el detalle del gusto de la Fistulina antarctica, una especie que me encanta visualmente pero que nunca me había animado a probar.

Podría afirmar que la fotografía de hongos es lo que más me apasiona de mi trabajo, no sólo porque se quedan quietos cuando uno prepara y hace la toma fotográfica, sino porque la variedad de colores y formas de los mismos es tan grande que jamás deja de asombrarme. Siempre me intrigó cómo sería el sabor de algunos de mis sujetos fotográficos pero, al no estar seguro si eran comestibles o no en algunos casos o no saber cómo prepararlos en otros, jamás di un paso más allá de lo enteramente visual. La Fistulina era una de las que más me intrigaba pues me contaban que era muy rico, y tamibén las del plato que viene a continuación: la Mousse de hongos Ramaria y Calvatia sobre rúcula. He fotografiado muchas veces la Ramaria, especie que se encuentra comúnmente a la venta en el mercado callejero chileno y que suelo encontrar en el suelo del bosque andino patagónico. En este caso, el mousse resultante con los sabores de ambas especies es delicadísimo, como todos los platos que vamos probando y donde admito que me sorprende la diferencia de gustos.El primero que habla entre platos es el doctor Mario Rajchenberg, presidente de la Asocación Micológica Argentina y creador del grupo de investigación de este proyecto. El nos cuenta algo acerca de los hongos que van llegando en los platos entre otras cosas del mundo micológico. El cuarto plato se titula o más bien se describe como hongo Shitake, con reducción de salsa de soja. Mientras escucho a Mario no tengo mejor idea que comerme una bolita de una pasta de wasabi. Joder, qué experiencia! Eso es el más allá, supongo por un momento que me tocó el hongo equivocado, ya que siento vaporcito saliendo por la nariz y mis orejas cuan toro malo! El efecto pasa rápido y luego comentándolo con mis compañeros me entero que el wasabi es una raíz y no un hongo. Suerte que el malbec no falta ya que las personas que nos atienden se ocupan que la copa nunca baje de cinco milímetros para llenarla de nuevo.

El quinto plato son unos bellísimos Paquetitos de masa philo con hongos de fistulina y morillas. Ya no sé qué esperar de cada plato. Siguen variando los sabores, no siendo nunca parecidos, y hasta ahora, salvando el wasabi (que toda la mesa sabía que no se comía menos yo parece), todo es absolutamente delicioso y novedoso, al menos para mi paladar. En la cocina con hongos, es muy delicado el balance de sabores ya que estos tienen un gusto muy sutil, por lo que la preparación no puede pasarse en condimentos pues tapan fácilmente los hongos.

Ya hablaron Belén y Carolina, así que sé que mi intervención se acerca. Me habían avisado pocas horas antes que tenía que hablar acerca de la fotografía de hongos. Mientras saboreo el sexto plato, unas alucinantes Bombas de morillas rellenas con cuatro quesos y salsa de zanahoria pienso qué decir. Habiendo hablado hasta ahora todos micólogos, yo seré el primero en cortar ese hilo. Siendo artista o, si queremos acotarlo al ámbito universitario, diseñador, no tengo esa línea de relato que ellos tienen ni esa seriedad y formalidad aunque me lo proponga. Y menos con tres o cuatro copas de vino encima. Me avisan, me llaman. Hablo. No me abuchearon ni revolearon hongos venenosos, así que creo que zafé. Sé que no solo yo tengo cuatro copas, sino que ellos también. Eso debe haber ayudado posiblemente.

Vuelvo a la mesa dispuesto a disfrutar de mis Gírgolas a la parrilla. Noto que nadie tiene hambre a esta altura. Aunque sean platos gourmet, es decir, chiquitos, cuando uno va por el séptimo plato ya no hay hambre que valga. Pero luego de tantos años de imaginar los sabores no puedo dejar de sorprenderme ante cada entrega, pensando en el hecho de que seamos un pueblo micófobo, como nos contó Mario, a diferencia de otros pueblos europeos. Qué lástima! Los hongos están en el bosque, en las praderas y sin mucho trabajo ni costos podrían aportarnos nutrientes diferentes que ayudarían a variar nuestra dieta, sin embargo nos quedamos en las dos o tres especies conocidas y no pasamos de ahí.

Luego del octavo plato, las alucinantes creppes de hongos Shitake, Calvatia y Morillas en papillote, aparece Toti Ricci, la chef, para presentarse. El reloj ya fue más allá de la una de la mañana pero la mayoría de los comensales siguen ahí, firmes, sabiendo que estos evento no suelen repetirse seguido, al menos por estos lares. Y cuando ella sale explota una interminable serie de aplausos. No soy el único sorprendido por los sabores, aromas y presentaciones, sino que todos sentimos lo mismo. Se la ve feliz, pero agotada. Y nos cuenta que esto es resultado de meses de probar hongos, recetas, combinaciones.

Y nos cuenta que para ella, la reina de la noche viene en el último plato, la Cyttaria o, como se llama comúnmente, el llao llao. Y nos lo sirven como Brochette de hongos llao llao, marquise de chocolate sobre helado praliné. Y me sorprende, ya que este era otro de los hongos que había probado y no me había parecido rico o interesante en particular. Sin embargo, al combinarlo con chocolate o con la hoja de menta, acompañado de helado, lograba un sabor suave y único, además de esa textura tan particular que, para mi, es el gran valor de este hongo.

Serían las dos de la mañana cuando, luego de despedirme de mis compañeros de mesa, otros comensales y los anfitriones, pego la vuelta para el hotel. Vuelvo contento, satisfecho. Pero no solo satisfecho de alimento, sino satisfecho de alma. Cuando uno vive un momento de quiebre, de cambio, de ruptura, al menos en lo profesional como estoy viviendo ahora, un evento de estos te muestra un pantallazo del camino recorrido, de lo que podría verse más adelante y, por qué no, devuelve un poco la confianza en lo que uno hace. Ver mis fotografías en un ámbito que me gusta, en una ocasión que es perfecta, con gente que sabe apreciarlas, con gente que las valora más allá de lo científico y otros que lo hacen más allá de lo artístico. Ser parte, aunque sea pequeña, de un evento que considero que fue perfecto, es algo que empuja. Empuja a creer que es posible hacer las cosas bien. Sinceras y con sentido.

Recomiendo a mis lectores estar muy atentos a este nombre, Patagonia fungi, una iniciativa de investigadores del CIEFAP que logran conjugar visiblemente toda la ciencia con la vida cotidiana, algo que, al menos en mi caso, valoro muchísimo. Pues cuando estos tantos “científicos” lindos que he conocido desde que vivo en Patagonia, salen a la calle y aplican sus conocimientos (de forma visible y comprensible) en la vida real suelen ser cosas más que imperdibles. Y esta, lo juro, es una de ellas con creces.

PD: En la cena, me contaron que publicaron dos libros que hablan de los hongos comestibles de la Patagonia. Y que ambos están para bajar en la web del CIEFAP, por si a alguno le interesan, son dos: el de hongos silvestres comestibles de los bosques nativos de la Región Andino Patagónica de la Argentina y el de hongos comestibles silvestres de plantaciones forestales y praderas de la región Andino Patagonica de Argentina.

Venta de fin de año!

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Sé que hace años más de uno de ustedes está buscando cómo llegar a los excelentes productos que ofrezco. Bah, o puede que nunca lo hayan pensado siquiera. Pero este año, trompada va, cazote viene, me quedé sin puesto de venta y, de golpe, me encontré con una caja llena de fotografías en casa. Fotografías impresas. Bonitas. Y se me ocurrieron dos cosas:

  1. No quiero que duerman la vida eterna en una caja
  2. Ustedes están por salir a gastar un dineral en los regalos de fin de año, de las fiestas, del amigo invisible y todo eso.

Qué mejor idea podía tener entonces que liquidar esa caja, a menos de la mitad de lo que vendía esta mercadería el verano pasado? Yo recupero lo invertido para comprarme un libro que me explique de qué catzos voy a vivir de acá en adelante y ustedes se llenan de regalos de calidad y baratísimos.

Sin compromiso, los invito a navegar un poquito entre las ofertas. Como siempre, a mayor cantidad mayor descuento. Demasiado quizás. Asómense entonces por la Venta de Navidad.

Muchas gracias y saludos.

Leo

PD: Para los que sí conocieron o compraron alguna vez mis fotos, les cuento que por ahora la idea es que sean las últimas. Cuando liquide esto sigo solo con las guías fotográficas y fotografías a pedido. Nada de venir a llorar en unos meses… 🙂