Paisajes de mí.

Entendí que los paisajes que fotografío son siempre los mismos, lo que cambia es el momento

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Llueve. Todos los 8 de junio llueve. O nieva. Andá a saber. Y admito que me gusta la lluvia aunque a veces cansa. Pero eso, al menos por ahora, todavía no pasó.

Estuve buscando entre mis archivos una foto que me representara o, más bien, con la que me sintiera representado hoy y tanto la que abre la entrada como la que la cierra creo que lo hacen. Aunque no son tan diferentes tampoco.

Hoy finalmente pude entender que lo que me atrapa tanto de la fotografía de paisajes, es que es como una clara representación de mi mismo. No, no me refiero a la fotografía que finalmente obtengo y toda esa huevada poética artística de que lleva impregnado lo que quise decir y bla bla bla. No, lo que pude ver es que a pesar que los paisajes que fotografío son siempre los mismos las fotos finales son casi siempre diferentes. Mismo lugar, puede que misma toma, pero diferente momento. Ya sea la luz, la época del año, el horario del día, el clima… Cualquiera de estas variables logra que obtenga un resultado absolutamente distinto cada vez que visito tal o cual sitio. O puede que no sea tan diferente pero jamás será igual.

Es como con uno, que siempre es el mismo y a la vez, diferente. Y veo que siempre, como en mis paisajes, estoy buscando otra toma, otra forma de retratarme, de mostrarme ante el mundo. Lo cual no quiere decir que no me guste como soy. He obtenido hermosas fotografías de ciertos paisajes pero aunque esas fotos me encanten, no dejo de seguir visitando esos mismos lugares para ver si me muestran algo más, si encuentro otra expresión de lo mismo. En algunos casos pasa, y la nueva toma mejora la anterior, otras veces no. Pero sigo yendo, sin expectativas ni falsas esperanzas. Son regalos que me hace el universo. Y conmigo, siento que es igual. No soy más que diferentes tomas de mi mismo.

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Fotografías de mayo.

Esta entrada es un duplicado de la que subí a Patagonia-argentina.photo, los invito a verla allá, con las fotos más grandes y porque necesito que usen la web y me cuenten cómo la ven. Hay mucha fotografía y me encanta la interfaz. Saludos y en un rato subo la entrada de fotos de abril, si logro hacerla.

No creí que mayo pudiera ser tan productivo. A pesar de haber salido muy poco a fotografiar, quedé conforme con los resultados generales y, más aún, con estas perlitas.
Este mes tengo cuatro para mostrarles.

Los colores de los nothofagus en otoño tiñe el paisaje del Parque Nacional Nahuel Huapi de tonos cálidos. A orillas de la ruta 40 en la Pampa del Toro.

Una de principios de mes, volviendo de Bariloche, donde un otoño que se pasó y en el que no pude salir a fotografiar por no estar en la Patagonia, me dejó caliente. Tenía que ir a Bariloche y sabía que podía pescar algo a la vuelta. Jamás creí que sería con un 400 mm. El siete colores explotaba nuevamente, pero esta vez estaba un poco pasado ya. Estaba nublado y el juego de luces y sombras enturbiaba la toma. El teleobjetivo largo era el único que me permitía aislar el sujeto lejano. El contraste entre las rocas y los bosques me encanta.

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En el caso de las dos siguientes, venía de dar vueltas por el lago (Puelo), buscando hongos sin encontrarlos. Entonces, me fui a uno de mis dos paraísos setíferos de la Comarca: la Catarata de El Hoyo. Estaba hermoso y, luego de un ratito, al acostumbrar la mirada, comenzaron a aparecer honguitos por todos lados. Hoy les muestro dos, una Ramaria patagónica que siempre me encanta por como contrasta con el entorno.

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El segundo hongo no sé qué es, pero estaba ideal para probar una técnica que leí hace poco, que posiblemente trabaje mejor con hongos transparentes, pero esta dio un resultado que me gustó y por eso la subo. Podría decirse que es un buen comienzo, al menos para mi.

Esta fotografía la tomé un día que salí de casa a pasear, a fotear más bien, caminando, mientras esperaba a mi hija. No tardé mucho en ver esto, nada más cerrar la tranquera. Los álamos, que en algún momento del año son una excelente barrera contra el viento, lo que favorece cultivos o la habitabilidad de un lugar, en otro son un increible espectáculo al teñirse de amarillo. Y las hojas caen y queda poco y nada, y estos últimos vestigios de un otoño que pasó, ante un cielo que pinta frío, me pareció que describía bien este otoño que lentamente empieza a irse.

Los álamos retienen las últimas hojas amarillas del otoño que pasó. Detrás, un cielo cargado de nubes típico de está estación.

Y por último una toma desde la cumbre del cerro Currumahuida. Siento que, a diferencia de las anteriores, esta es una de esas fotografías difíciles, que cuesta masticarlas. Como con la música, done las canciones pegadizas vienen, te sacuden, las bailás, las cantás, te pudrís y pasan, en cambio, hay ciertas canciones que van por otros derroteros: un Sigur Ros o el Concierto de Aranjuez de Chet Baker son de esas obras que tenés que escuchar más de una vez para entenderlas. Bueno, con las fotos siento que pasa lo mismo. Algunas llegan, golpean y se van (lo cual en esta época de placer e inmediatez no es nada malo marketineramente), otras vienen y no le gustan a casi nadie, pero tienen aura. En este caso no creo que llegue a memorable ni mucho menos, pero siento que tiene algo que va más allá de lo común. Ya la entenderé. Cumbre, niebla, frio y el sol que comienza a asomar en la cumbre del Cerro Currumahuida.

Paisajes de las alturas del Cerro Currumahuida en lago Puelo, tras un amanecer repleto de neblina, un arco iris monocromo ilumina un árbol aislado al medio.

Veremos cómo viene junio, mes difícil para la foto ya que las temperaturas bajan demasiado y está el otoño terminando y no empezó el invierno, es decir, ni pito ni flauta, ni chicha ni limonada, ni colores ni nieve… pero siempre puede haber una niebla o una helada. Quién sabe. Lo lindo de vivir en Patagonia y en el medio del mundo natural es que, a pesar que cada año se repite, cada año es diferente. Todos los junios son tan similares como opuestos. Ver la diferencia está en uno. O ver la similitud. Ya les contaré.

Los colores del otoño

Un hombre de campo camina por la banquina guiando a sus bueyes: Los álamos amarillos colorean el fondo. Lago Puelo, Chubut.

 

Cada año, cuando llega el otoño, nos inunda con sus colores. El paisaje se llena lentamente de manchones amarillos de los álamos. Aquí toman un color bellísimo, no sé si producto del frío o de mis anteojos con tinte rojo, pero bellísimo al fin. Si no me equivoco son de los primeros en cambiar su color.

Llamativos colores de los nothofagus en otoño en la cordillera. Rojos, naranjas, amarillos y verdes claros dan alegría a un paisaje de montaña. Una lenga anaranjada domina el cuadro dejando el bosque patagónico al fondo. Parque Nacional Nahuel Huapi, Río Negro.

 

Luego, lenta, pero muy lentamente empiezan a virar los nothofagus (lengas y ñires en esta zona, también raulíes y roble pellín por la zona de San Martín de los Andes). Los cambios de color dependen del clima, la fecha, la humedad y muchas otras circunstancias más que nunca entenderé, parece, pero es lo que hace que cada año sea diferente, con más color o más apagados, más rápidos o más lento.

Vista desde el Cerro Piltriquitron en otoño sobre una línea de álamos y sauces amarillos. Al frente el Rio Azul. El Bolsón, Río Negro.

 

Los últimos en amarillearse, si es que se me permite esta palabra, son los sauces generalmente. Ya no son tan llamativos como los anteriores, no sé muy bien por qué, si por superposición o porque quedaron superados por los rojos y anaranjados de los nativos, andá a saber. Sin embargo, coinciden con el final de los otros, y entre estos finales también se ven cosas lindas, como los álamos conservando las últimas hojitas amarillas en las puntas de las ramas, delineando el árbol.

 

Y en todo este proceso, que puede durar alrededor de un mes, se pueden ver en los pueblos o alrededores, muchas especies más dejando caer sus hojas, arbustivas y arbóreas, generalmente exóticas las de más bellos colores y todas contribuyendo a que el otoño, en donde vivo, sea la época más bella.

Lluvia sobre la laguna Huemul en otoño. Los Nothofagus ya terminando de perder sus hojas y los Berberis amarillos le dan color al paisaje otoñal. Lago Puelo, Chubut.

 

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Un otoño afuera.

 

Este año me tocó viajar justo en la mejor época de esta región. Y está bien. Posiblemente, tenía que trabajar en otras cosas y no en mis fotos otoñales.

Por suerte hay fotos perdidas de otros años para mostrar mientras, de a poquito, voy recolectando los colores ya pasados.

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TheArtLife

…lo que contaba no eran las obras que hacía, es decir, el producto físico que iba a dejar sino que realmente, desde su perspectiva, era la vida que estaba viviendo lo que era su arte mientras todo lo demás, no era más que un testimonio de eso.

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I

Hace un año, más o menos, intentaba encontrar una nueva marca para mi trabajo fotográfico, es decir, algo que pudiera funcionar mejor que “Reflejos del bosque”. En nuestro caso, los hispanohablantes, no habría problema, pero con los extranjeros es un auténtico chino, complicado de escribir e incomprensible, de ahí que estaba rompiéndome el coco buscando qué usar.

Y entre todas las ideas que iban surgiendo, me di cuenta que tenía que ordenar un poco todo el despelote que se me suele armar al tener dieciocho mails (cuando ya nadie usa el mail casi), cuatro blogs, dos páginas, un catálogo y todo eso, tons, hice lo que me gusta: abrí el Xmind en la compu (un programa para brainstorming que es absolutamente hermoso -de paso, si lo quieren en tablet, prueben SimpleMind, otra joyita) y empecé a dibujar qué era lo que estaba produciendo en ese momento: fotografía de paisajes, de especies para identificación y otras como trabajo, pero en lo personal también estaba la escritura, otro tipo de fotografía un poco más suelta… y ahí tuve que buscar una forma de juntar todo esto, y ahí surgió TAL, es decir, TheArtLife.

Comprendí entonces que una gran parte mía pertenecía a mi vida artística, que ésta ya no se remitía a mi estudio fotográfico ni tampoco al momento en que estoy afuera en la naturaleza foteando, al trabajar de forma independiente, uno no puede marcar un límite tan claro entre la vida personal y la vida artística, más cuando uno vive en el mismo lugar donde trabaja. Ahí vi que esta vida, la artística, sucede tanto en el momento de crear, ya sea con la escritura o con la fotografía, como en el de evaluar (estos mismos) pero no termina ahí, no solo porque muchas veces me quedo pensando en cosas del trabajo sino porque a la hora de cocinar, la única forma que encontré de disfrutar ese momento y que no se convirtiera en un dolor de huevos, fue convirtiéndolo en un momento agradable, eligiendo la música que me gustaría escuchar, comprándome un cuchillo con el que me sienta cómodo, teniendo la posibilidad de elegir algún sabor para disfrutar mientras preparo la cena que nos tocará manducar. Sé que el resultado, es decir, la comida que llevo a los platos todavía no alcanzó el estado de arte (lo pueden asegurar mis dos conejas de indias que la sufren a diario) y a pesar que todavía no pasan de ser unos pedorros bocetos, no pierdo la esperanza. Más importante aún es que a pesar que ya cocino hace más de un año (siempre sin sal, lácteos, harinas, azúcares ni carnes e intentando que sea lo más crudivegano posible), es que todavía no me rindo e intento crear o al menos recrear nuevos gustos, persevero en la idea de combinar los colores de los ingredientes, sigo trayendo cosas raras de la feria donde compro los ingredientes para ver a qué saben y también sigo investigando y probando nuevas recetas que no imagino qué resultado o gusto darán. Y cada noche, luego de pelearme en la cocina por hora u hora y media según lo que haya tocado ese día más los añadidos (léase hacer la ensalada, galletas, comida de los bichos, salsas u otras cosas que no sean para la cena en sí), estuve disfrutando de un buen jazz y posiblemente de un Cabernet, un malbec o lo que haya tocado esa ocasión. Y lo que era trabajo y obligación, se volvió parte del placer. Y justamente, se convirtió en un gusto hacerlo porque pasó a formar parte de lo mismo, de mi vida artística.

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II

Nunca encontré el nombre que buscaba.

Mi diseñador web y amigo me sugirió Patagonia-argentina.photo y por ahí fuimos. Me gusta para gringos, no tanto para argentos porque lo de “.photo” los mata. Y lo que en ese momento surgió como como proyecto a futuro quedó en el olvido. Ya había bocetado el logo incluso, pero no terminaba de entender qué significaba realmente el concepto de “mi vida artística”, que en español me suena tan pedorro que no puedo evitar llamarlo “The artistic life” o “The Art Life”. Y ahí quedó, puede que tenga la fecha por ahí, pero creo que no hace falta. Lo que en principio sería un gran sitio del que saldrían mi web de paisajes, otra de especies, dos blogs y una última galería, quedó en la nada. No le encontré sentido a juntar toda mi vida en un solo lugar más que en mi vida misma. Además, una de los website había muerto, los dos blogs estaban agónicos y la última galería nunca existió. Todo el año pasado fue para el nuevo website y ese ya tenía nombre.

Ok, cortamos ahí con el pasado.

Hoy, empecé uno de esos días en que no me cierra el blanco, el negro ni el gris. Uno de esos días en que envido a mi esposa cuyas matemáticas suelen estar más emparentadas con sus creencias que con los números y, haciendo dos cuentas, comprendí que ya tendría que ir haciendo la lista de conocidos a los que iré a visitar para pedirle laburo en los próximos días. Y tan rayado estaba que,cuando logré terminar las postales que estaba diseñando y desoyendo el pronóstico que casi personalmente me decía que iban a caer sapos del cielo con tanto viento me los metería por los ojos, me cambié, agarré la bicicleta y me fui a Bolsón a comprar verdura. Cualquier verdura, sí. Necesitaba las endorfinas. Peleando contra los elementos, sobre todo un vendaval que me mandaba para atrás, alcancé el puesto de verduras. Temía que no estuviesen por el día de mierda, pero no, estaban ahí, firmes. No tenían endorfinas, así que traje unas cebollas moradas, rúcula, espinaca, apio, perejil y pegué la vuelta.

El cielo se puso verdaderamente feo. Huracán escala 18. Plomizo el muy jodido. Nube tamaño “navemadreinvasiónextraterrestreya”. Y yo, lo miré, lo mandé a cagar, me ajusté las tiras de los pedales, prendí un podcast (en esta ocasión LensWork) y arranqué. Un ventarrón casi me hace entrar en la cola del cajero automático, pero lo zafé y enfilé para casa. Escuchar un podcast en estos momentos tiene un solo objetivo: lobotomía temporaria. Y venía bien, hasta que escucho que Brooks Jensen dice “The art life”… Lo qué? Mierda, volví para atrás un poco y empecé a escuchar con más detenimiento. Y sí, en una entrevista que le había hecho a Huntington Witherill salió el tema y éste decía que para él lo que contaba no eran las obras que hacía, es decir, el producto físico que iba a dejar sino que realmente, desde su perspectiva, era la vida que estaba viviendo lo que era su arte mientras todo lo demás, no era más que un testimonio de eso. Y joder.

Tons?

Estoy casi seguro que si mi vida artística depende de los testimonios culinarios que voy creando cada día estoy soberanamente jodido. Pero ahora, intentando hablar en serio, es más que interesante el tema ya que mucha gente se me acerca para que le enseñe fotografía por lo que se imagina que es la vida del fotógrafo en sí, lo cual no digo que sea bueno ni malo pero en este marco me parece que es exactamente lo que corresponde. Imagina una vida y da un paso hacia ahí. Pero luego, una vez adentro, no hacen otra cosa que copiar imágenes de otros, copiar estilos, intentar gustar, intentar ser famosos y atrás queda la vida de fotógrafo imaginada, convertida en algo intermedio pedorro que no logra explicarse.

Y si voy a mi. En qué me convertí? Hoy pienso que tuve demasiada suerte. Que a pesar de todas las peleas que dimos estos años sigo agarrado de la baranda y quizás a punto de caerme al precipicio. Sé que me cuesta mucho mantener la toalla en la mano y no revolearla a la mierda y buscar un trabajo normal que me permita llegar a mediados de mes al menos. Pero reconozco que sin darme cuenta, la voy barajando siempre de la misma manera, intentando encontrar placer en cada cosa, incluso en las que no me gustan, buscándole la vuelta para que las cosas que no elegiría no solo sean más potables, sino preferibles. Y hoy noto que mi forma de llegar a eso es a través del arte. Del mío y el de otros. Y cuando digo arte, me refiero a la vuelta de rosca que intento dar cada día o a la que dan otros pero siempre queriendo que esté repleta de armonía, gracia, amor y ganas de sumar con algo positivo en este inmenso universo en el que vivimos.

Horripilidad

Mañanas de invierno en la ruta 40.

Les pido mis más sentidas disculpas y pésames a los que leen el blog acá, en WordPress o con el diseño de WordPress. Son un asco. Y no logro dar con alguno que me guste. Y ya no recuerdo el nombre del último que me gustaba. Y no suelo tener tan buen internet como para invertir horas en buscar un diseño que me guste.

Estoy trabajando en esto y por eso verán que estoy como quinceañera cambiándose vestidos para ver cuál me cuadra mejor.

Mientras, por favor, concéntrense en el contenido.

je, bah, tampoco es que eso vaya mejor, vio? :’)